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Un nuevo caso de gatillo fácil, un nuevo pibe que muere producto de las balas policiales. Una familia más, de un barrio periférico y estigmatizado (¡siempre!) que llora la pérdida de un hijo a manos del estado. Una víctima de la democracia color rojo sangre que tenemos.


Por Elizabeth Moretti

A pocos días de las elecciones legislativas, y cuando todavía las fuerzas políticas están procesando las implicancias de los resultados, la Policía de la Ciudad (actuando de civil) asesina a un joven de 17 años de dos tiros en la cabeza, acribillando el auto en que viajaba con sus amigos, cuando volvían de entrenar en Barracas Central, club de fútbol para el que jugaba Lucas.

¿Por qué hacemos la relación del caso con las elecciones? Por varias razones. La primera salta a la vista: varios candidatos y figuras de la política se encargaron de hacer campaña con el reclamo de mano dura. Algunos de ellos como Espert, que llamaba a dejar a los delincuentes “como un queso suizo”, pertenecientes a las listas más a la ultraderecha. Pero otros, como Berni, una de las figuras fuertes del kirchnerismo bonaerense que, sin haber jugado ninguna candidatura, no deja pasar oportunidad frente a un micrófono para enorgullecerse de los crímenes de su policía, o pedir mano dura contra un imaginario “terrorismo mapuche”, o lo que se le ocurra en ese momento, pertenecientes a los espacios políticos supuestamente progres que, muchos dicen, enfrentarán a “la derecha”.

La segunda razón tiene que ver con la asquerosa actitud de periodistas afines al gobierno nacional, e incluso el mismo presidente apurándose a declarar su solidaridad con la familia de Lucas, de utilizar el caso para pegarle a Larreta (afortunadamente fue la Policía de la Ciudad la perpetradora del crimen), hoy uno de los jefes de la oposición. No es para menos: la Policía de la Ciudad es una de las más asesinas del país. Pero hacen esto como si la bonaerense no hubiera desaparecido, en plena cuarentena nacional, a Facundo Astudillo Castro, o a Jorge Julio López, testigo en el juicio contra Etchecolaz, durante el “gobierno de los derechos humanos” kirchnerista. Y si de contar muertos se trata, digamos que la UCR, con su discurso pretendidamente democrático y su alusión a Alfonsín e Yrigoyen, acaba de ser reelecta en el gobierno de la provincia de Corrientes, donde hace pocos días, después de una persecución policial donde se tiraron balas de plomo, apareció el cuerpo de Lautaro Rosé flotando en el río.

Los dirigentes burgueses no tienen empacho en tirarse muertos unos a otros, para demostrar quién es más o menos asesino, dependiendo la conveniencia. Y esa es la tercera razón que nos lleva a relacionar esta muerte con las elecciones: cuando las fuerzas políticas burguesas que gobiernan el país están de acuerdo a la hora de masacrar a los sectores vulnerables, de reprimir a la clase trabajadora, de marginar inmigrantes… el régimen político todo es el responsable de la masacre. Este régimen político que pretende legitimarse cada dos años, mediante un acto comicial que, por lo menos en esta ocasión, fue vivido por la “gente de a pie” con una absoluta falta de interés. Este genocidio por goteo es, entre otras cosas, aquello que intenta sumar balas y pistolas taser por cada voto emitido. A veces lo logra.

Compartimos el testimonio de Mario González, padre de Lucas cuando su hijo todavía peleaba por su vida, publicado por el medio La Garganta Poderosa:

«A Lucas lo acribillaron»

Por Mario González, papá de Lucas, para La Gargata Poderosa

Les voy a ser sincero, espero un milagro. Recién estaban haciéndole una serie de estudios a mi hijo. En síntesis, Lucas está respirando sólo porque tiene el aparato prendido, no tiene signos vitales. Necesitamos que ya no ensucien más nada, porque no lo podrán ocultar, está todo claro. Sabemos que los chicos salían de entrenar y les dispararon; nosotros nos vamos a ocupar de que los policías responsables vayan a prisión.

Como cada mañana, Lucas viajó de Florencio Varela hasta Barracas Central, donde juega; ayer fue con tres amigos que se estaban probando. Cuando terminaron el entrenamiento, salieron en auto y pararon en un kiosco. A las dos cuadras los interceptó un coche de donde bajaron policías de civil, quienes sin mediar palabras empezaron una ráfaga de balas; dos de los tiros dieron en la cabeza de mi hijo. Quisieron instalar que Lucas tenía un arma, pero lo único que tenía mi nene eran los botines y las canilleras. Nunca hubo balaceras, ¡fue víctima de gatillo fácil!

Estaban de civil, sin chalecos, sin chapas, sin uniformes y sin identificación… A Lucas lo acribillaron. Anoche, un cuerpo de la Brigada de la Policía de la Ciudad le dijo a mi mujer que estaban “completamente arrepentidos y avergonzados de lo que había pasado”, y que quedaban a disposición, como si no hubieran sido ellos mismos quienes me lo devolvieron así. Esto pasa porque es un pibito que le gusta andar bien vestido, usar viserita y zapatillas, porque estamos marginados, porque somos humildes y piensan que somos basura, que somos una mierda.

Hoy, a Lucas lo vienen a visitar de todas partes, tiene millones de amigos; es un pibe muy bueno. Vuelve de entrenar, come y duerme la siesta. Se había anotado a la noche para terminar la secundaria, así podía seguir jugando, porque su único sueño era triunfar en el fútbol. Quiero agradecer a toda la gente que se solidarizó desde el primer momento. Sé que desde la Villa 21-24 de Barracas se hará una movilización a la que no creo poder asistir porque estoy acá peleando por la vida de mi hijo, que es la prioridad. Sigo acá, como puedo, esperando el milagro para luego ir por los responsables hasta que se hagan cargo de la mugre que hicieron, y ojalá esta vez la Justicia no actúe mal.

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