El deporte y sobre todo el fútbol, opera como reflejo distorsionado, o tal vez exagerado, de la realidad. Por un lado está la pasión irracional de la mayoría de nosotros y por otro los que se aprovechan de tal condición para hacer enormes negocios. Del placer lúdico de practicar un deporte cada vez queda menos. En esta nota nos referiremos a tres hechos que tienen que ver, lejanamente, con el fútbol pero que, fundamentalmente, se cruzan con la realidad política.


Por Juanjo Lázzari

Este mes de junio ha sido pródigo para los aficionados al fútbol: dos justas deportivas se desarrollan casi al mismo tiempo, una en el viejo mundo y otra en nuestra América. Solo seguir las alternativas de una y otra competencia por televisión nos dará una idea de las diferencias entre las dos regiones de este mundo capitalista. Para sintetizar diré que una parece el negativo de la otra, mientras la europea presenta encuentros electrizantes, en estadios perfectos y con público en las gradas; la de estos parajes se armó a los apurones, con espectáculos anodinos, en canchas que se rompen todas y en soledad. Sin embargo, allá y acá ocurrieron cosas a las que bien vale la pena prestarles atención.

Manuel Neuer y el mes del orgullo

El futbolista alemán disputó los partidos ante Francia y Portugal con su cinta de capitán con los colores de la bandera del Orgullo LGBTIQ+, por el Mes del Orgullo. Por esta situación la UEFA estuvo a punto de sancionarlo. Según la entidad rectora del deporte no se pueden usar remeras o brazaletes que contengan alusiones políticas, ideológicas o mensajes ofensivos a la moral, sería bueno saber en cuál de estos parámetros pensaban la UEFA encajar el distintivo usado por el mejor arquero del mundo. Lo cierto es que la fuerte oposición de la Federación Alemana y del propio gobierno teutón, sumado a las críticas de otras federaciones, hicieron que diera marcha atrás y declinara de tomar cualquier sanción contra el jugador.

Más allá de las buenas intenciones del portero alemán, en este punto las cosas se entrecruzan y nada parece inocente. Y aunque nosotros no tenemos poder, nos gusta mirar detrás del espejo.

Antes del comienzo de la Eurocopa y cuando el mes del orgullo recién comenzaba, una polémica atravesaba Europa. Debates encendidos que involucraban cruces entre la Unión Europea y Hungría y que pegaron un salto cuando, la semana pasada, el parlamento húngaro votó una ley que básicamente prohíbe toda expresión LGBTIQ+ en las escuelas y los medios de comunicación durante el horario de protección al menor. Estas tensiones crecieron y terminaron colándose en la copa Europea y las propias Selecciones nacionales.

El fixture del torneo continental marcaba el enfrentamiento entre Alemania y Hungría, rápido de reflejos el alcalde de Múnich propuso que el estadio se embandere con los colores de la bandera arco iris que representa a la comunidad gay en repudio a la ley Húngara, la UEFA buscaba aquietar aguas y se negó a la petición.

Todas estas movidas lograron promover un amplio rechazo a la ley Magiar, fundamentalmente en Europa y con repercusiones en el resto del mundo. Parados en esta realidad se nos muestra un panorama en el viejo continente caracterizado por unos países “reaccionarios y antiderechos (Hungría, Polonia, etc.) y otros “más tolerantes, proderechos y democráticos”. ¿Esto tiene algo que ver con la realidad?

Esta supuesta Europa tolerante es la que promueve leyes contra los musulmanes, los negros y no para de atacar a los trabajadores en medio de la crisis. No hace mucho vimos cómo el ejército Español brutalizaba inmigrantes en Ceuta, por dar solo un ejemplo, ya que esta política se repite en toda Europa.

Por supuesto que hay que repudiar los intentos de reprimir y perseguir a la comunidad LGTBIQ+ y saludamos la actitud de Manuel Neuer, pero junto con esto también decimos que nada se puede esperar de organismo como la ONU, la UE o la propia UEFA. Los derechos por lo que tanto luchan los colectivos LGTBIQ+ se lograrán en la calle, enfrentando justamente a estas instituciones y a sus  propios gobiernos nacionales, peleando codo a codo con trabajadores, inmigrantes, negros, etc.

Copa América, la fotografía de la decadencia

Como ya hemos dicho, el torneo en nuestro continente también se desarrolla por estos días, un torneo hecho a las apuradas, que fue pasando de país en país como organizadores hasta caer en Brasil. En medio del crecimiento de los casos de Covid (que se reflejaron en la propia copa) y la inestabilidad política de buena parte de la región, la Conmebol eligió celebrar el torneo a como dé lugar. Eligió, y no podía ser de otra manera, priorizar el negocio. No podía permitir una nueva suspensión y, contra viento y marea, mantuvo el torneo. En realidad la oposición no fue mucha: un débil enojo de los jugadores brasileros que primero manifestaron su intención de no jugar y luego arrugaron aduciendo que lo hacían por el orgullo de representar a su país, la bandera, la gente. En fin, lo de siempre: son pocos los que se animan a sacar los pies del plato.

De lo estrictamente futbolístico poco y nada, ni las figuras de Messi y Neymar logran darle brillo a esta contienda. Sin embargo, por los límites que débilmente separan lo político del espectáculo en sí, se dieron algunas cuestiones que a este cronista llamaron la atención.

Recordemos, Colombia está viviendo una rebelión inédita en su historia, con un pueblo en la calle desafiando la represión gubernamental. Sin embargo los players del combinado nacional poco y nada dijeron, algunos twits de compromiso abogando por la paz en el país; paz genérica, de los reclamos poco y nada dijeron.  En la fase de grupos se enfrentaron el local y la selección colombiana, no era un partido definitorio, pero el país cafetero lo estaba ganando y ganarle a Brasil siempre es especial, hasta que a un poco más de 10 minutos para el final, una pelota impulsada por un jugador brasilero da en el árbitro argentino Pitana. La jugada es de interpretación, el colegiado vio que la pelota seguía en poder de la verdeamarella y dio continuidad, los jugadores colombianos se quedaron esperando el bote a tierra y la distracción fue fatal: centro y gol de Brasil. Y las consecuentes protestas cafeteras: ocho largos minutos se quedaron increpando al árbitro con el partido interrumpido.

Todo lo descripto en el párrafo anterior no sería más que una crónica futbolera que habla mucho de cómo se vive este deporte en Sudamérica, pero quien esto escribe, acostumbrado a caminar por las teorías conspirativas, se dio en pensar que si la mitad de la energía puesta en reclamarle a Pitana hubiera sido volcada en visibilizar lo que pasa en Colombia, en decirle al mundo que todos los días aparecen bolsas con restos descuartizados de manifestantes, me atrevo a pensar (y estoy seguro de acertar) que eso hubiera sido más importante que un triunfo sobre la canariña o un hipotético triunfo continental.

Un rayo de luz en tanta obscuridad

Con todo, el fútbol suele dar, de tanto en tanto, ejemplos de dignidad y no menos que eso es lo que ocurrió el fin de semana pasado en Uruguay.

Por una nueva fecha del torneo local, en el estadio del carbonero jugaban el poderoso Peñarol contra un, para nosotros, desconocido Unión Española. El enfrentamiento entre el poderoso y el débil es algo repetido en cualquier competencia deportiva, por lo que este encuentro no tenía nada de especial. Lo que lo hizo memorable fue lo que (por fuera del deporte) pasó ese día, y cómo lo reflejaron los jugadores del equipo pobre.

El partido se jugó el domingo 26 de junio, día en que se cumplía un nuevo aniversario del golpe de estado del ’73, y una jornada después de que falleciera José Nino Gavazzo, quien fuera un teniente coronel del ejército de Uruguay, figura relevante en la rama uruguaya de la coordinación represiva de las dictaduras del Cono Sur conocida como Plan Cóndor, uno de los más odiados asesinos del paisito. Los jugadores del Unión decidieron no hacer lo que sus colegas colombianos y pusieron de manifiesto lo que pensaban saltando al césped con una bandera que rezaba “Ni olvido ni perdón”. Pero entre todos destacaba uno que, además, portaba una remera en la que podía leerse “Te moriste sin hablar, cobarde”. Luego supimos que se trataba de alguien conocido como el “Bigote” López el que lucía el mensaje contra el represor. “El fútbol es una caja de resonancia importante para visibilizar estas situaciones” declaró al diario deportivo Olé.