Por segunda vez en poco más de un año, el gobierno anuncia una cuarentena estricta, que incluye restricciones a la circulación, pero que no detiene la producción ni afecta los intereses de la gran burguesía. La sensación parece de «déjà vu», de un retroceso a una situación similar a la de marzo del año pasado. Y en muchos la idea de todo un año perdido. Pero en honor de la verdad hay que decir que la Argentina no está en la misma situación de marzo del 2020, sino mucho peor. Mayor miseria, mayor desocupación, entre otras cosas.


Con una retórica discursiva signada por el año electoral, Fernández se aleja de la imagen de unidad nacional que pretendió dar en 2020. Polariza con el gobierno de CABA y con el poder judicial por la continuidad de las clases presenciales, ocultando el hecho de que en la mayor parte del país, gobernado en su mayoría por el partido del gobierno nacional, la situación es exactamente la misma que en la Capital. E incluso pretendiendo haber olvidado que fue el mismo gobierno nacional el que impulsó la “vuelta a la escuela” a finales de febrero, después de haber dejado pasar todo un año sin hacer ningún tipo de adecuación edilicia en estructuras escolares ya deterioradas desde antes de la pandemia.

Todos y todas recordamos a Fernández suspendiendo las clases presenciales, contradiciendo a su ministro de educación que, horas antes, había declarado que estaba comprobada la inexistencia de contagios dentro del ámbito escolar.

Pero parece que esto de desdecir a sus ministros es práctica corriente dentro del ejecutivo. Mientras que a inicios de marzo la Ministra de Salud Carla Vizotti nos decía que estábamos  “mejor preparados que nunca” y “que no íbamos a volver a un confinamiento masivo”  frente al crecimiento de contagios que ya empezaba a impactar, hoy, el presidente anuncia que “estamos en el peor momento desde el comienzo de la pandemia”.

El mito de la responsabilidad individual

¿Cómo llegamos, entonces, a esta situación? nos preguntamos. La respuesta del gobierno es monocorde: el eje es la responsabilidad individual.

¿Fue la responsabilidad individual, entonces, quien redujo en un 9% el presupuesto de salud para el 2021 en relación al ejecutado del 2020? ¿O quien no incluyó el IFE en el presupuesto, porque la economía estaba totalmente recuperada?

Si la economía es política concentrada, hay que decir que el presupuesto 2021 habla y mucho de una falta de previsión absoluta de la posibilidad de una segunda ola de contagios, que ya era evidente a finales del año pasado, siguiendo la experiencia europea. Por supuesto que en esto, también la necesidad de hacer buena letra con el FMI, pesa y mucho.

Pero el gobierno insiste en culpar del crecimiento de casos a quienes comen asados con sus familias (evidentemente, no conoce la incidencia del precio de la carne en relación al salario promedio) o a la irresponsabilidad de los jóvenes que organizan fiestas clandestinas. Todavía resuenan las palabras de Alberto diciendo que los contagios no se dan en los lugares de trabajo.

La realidad sin embargo dista mucho de este relato. El Informe 2020 del Colectivo Basta de Asesinatos Laborales, estableció que el 75% de las y los trabajadores muertos en ese año, por causas relacionadas con sus condiciones de empleo, fueron infectados de Covid. Con casos denunciados de empresas que incumplen los protocolos, que obligan a trabajar a personas mayores de 60 años o con comorbilidades; y todo bajo la feliz ignorancia de los organismos oficiales encargados de controlar estas situaciones.

Para más datos, encontramos que las “actividades esenciales” son nada menos que 78; casi podría afirmarse que toda la actividad económica productiva. Entre ellas las grandes siderúrgicas como Acindar o Siderar, con más del 20 % de su planta contagiada, y contratando trabajadores eventuales, con menos derechos laborales, para reemplazarlos. O la venta de soja, que moverá en esta campaña –según el gobernador peronista Perotti- alrededor de 400 mil camiones. Podemos imaginar las pocas o nulas medidas de prevención que se podrá aplicar a la inmensa cantidad de trabajadores que deberán moverse en pocos días para poder sacar del país el preciado grano. Y si carecemos de imaginación, escuchemos a los gremios vinculados al trabajo en los puertos, que en junio de 2020, realizaron un paro de 48 horas, para denunciar la muerte de tres trabajadores por Covid, por la ausencia de protocolos y medidas de cuidados adecuados.

Es decir, entre la economía y la salud, al mejor estilo bolsonarista, los gobiernos se quedan con las ganancias patronales.

Parar la olla en pandemia

La inmensa parte de los trabajadores llega a este mes de mayo en una situación aún peor que la de hace un año. En su gran mayoría, soportando una reducción de salario aceptado por los burócratas de sus gremios y despidos masivos a pesar del decreto para la foto del gobierno. Esto sumado a la liquidación de gran parte de las conquistas laborales logradas con años de lucha y organización.

La pobreza no baja del 45%, muy por el contrario, va en aumento. Producto de, entre otros factores, una inflación indetenible, sobre todo en el rubro de alimentos. Cuando los precios viajan en jet, mientras que los salarios van caminando, se da la cruel realidad de que una familia con dos salarios mínimos, no llega ni cerca de cubrir la canasta básica.

Lejos están de los sectores populares, los elementos de “recuperación” económica como el crecimiento de la producción de acero, la producción automotriz, el aumento de producción de petróleo ligado al aumento de producción de Vaca Muerta, o los festejos oficiales sobre los records de exportación de soja a precios altísimos.

Si ya sabemos que el “capitalismo donde ganen todos” que pedía Alberto Fernández es inexistente. Ahora queda en evidencia que tampoco son todos los que pierden. En un momento en que los sectores populares sólo cuentan nuevos padecimientos, las grandes patronales siguen multiplicando sus ganancias.

Todo esto, en medio de medidas restrictivas que entorpecen aún más la ya difícil tarea de las y los trabajadores informales de salir a ganarse el mango diario. Medidas que, esta altura, resulta por lo menos dudoso que realmente sirvan para enfrentar la propagación del Covid.

La hipocresía del agradecimiento

En su discurso, el presidente no olvidó agradecer al personal de salud. Quienes, aparentemente ya dejaron de relajarse, y volvieron a ser los héroes de esta película, la primera línea de combate contra la pandemia. Claro que ese agradecimiento tiene mucho de hipocresía, ya que poco o nada se hizo para cuidarlo.

Son más de 500 muertos y 78.000 infectados (según cifras oficiales) los que cuentan las y los trabajadores de la salud entre sus filas. La lucha de los auto convocados de Neuquén (donde, dicho sea de paso, hay un tercio de trabajadores sanitarios infectados con COVID) puso en evidencia lo que ocurre en casi todas la provincias, -en muchas otras hay paros y manifestaciones con los mismos reclamos-.  Sueldos y condiciones laborales pésimas, dobles y hasta triples trabajos, escasez de personal y contrataciones eventuales completamente precarizadas, con jornadas extenuantes y aumentos salariales en negro y en cuotas, como si de comprar un lavarropas se tratara. Todo en medio de dudosos anuncios de “fortalecimiento” del sistema sanitario, que poco se ven en la realidad.

De los laberintos, sólo se sale por arriba

Ante el diagnóstico enumerado arriba, cabe preguntarnos, ¿cómo llegamos a este punto? Ya no  mirándolo desde la perspectiva de lo que hizo o no hizo el gobierno defensor del sistema capitalista, sino dese la perspectiva de los oprimidos.

  • ¿Cómo llegamos al punto de dejar la gestión de la pandemia en manos del mismo sistema que prioriza justamente las ganancias capitalistas que nos enferman?
  • ¿Cómo llegamos a aceptar un gobierno que considera a la megaminería que promete dejar sin agua a pueblos y provincias enteras, o a las fumigaciones sobre pueblos y escuelas rurales, como actividades esenciales?
  • ¿Cómo llegamos a aceptar que supuestos especialistas y expertos técnicos, en general vinculados a los intereses de grandes empresas en muchos casos multinacionales, decidan sobre los aspectos más fundamentales de nuestras vidas?
  • ¿Desde cuándo tenemos que aceptar que sean los grandes laboratorios, con mecanismos científicamente obscuros, como mínimo, quienes manejen la salud, los medicamentos y en este momento las “pócimas” mágicas que nos salvarán de la muerte?
  • Como pueblo, hemos sido expropiados de nuestra capacidad de decidir democráticamente  sobre las cuestiones centrales de nuestra existencia. Ahora miramos absortos a este Leviatán que nos resulta ajeno.
  • ¿Cuáles fueron las instancias de decisión en las que los docentes debatieron y resolvieron sobre la modalidad que debería tomar el dictado de clases en pandemia?
  • ¿Cuándo participaron los trabajadores de la salud, de las decisiones sobre cómo administrar el sistema de salud pública?
  • ¿Quién, si no los propios trabajadores fabriles, son los que saben sobre la esencialidad o no de lo que ellos producen?
  • ¿Quién, si no los trabajadores informales, pueden debatir y resolver cómo garantizar la supervivencia ante la no posibilidad de salir a ganarse el mango?

La respuesta es obvia. Este régimen sostenedor de las ganancias capitalistas no puede ni busca hacer estas consultas. Porque la falsa democracia que han construido sobre el cuento de la representación y de la delegación de la toma de decisiones, poco sirve para resolver los problemas de los trabajadores y el conjunto del pueblo oprimido.

Y poco sirve también, tal como lo vienen demostrando las frías estadísticas, para enfrentar esta pandemia, producto de un sistema de producción que ellos mismos han creado.

Hasta que la clase trabajadora y el conjunto de los oprimidos podamos recuperar la posibilidad de definir sobre nuestras vidas y nuestro futuro, definir qué actividades son o no esenciales;  qué producir, cómo y para qué; cuáles son las cosas que nos enferman y cómo solucionarlas, seremos rehenes de los  estados capitalistas, de sus leyes y de sus fuerzas represivas. No resolver esta cuestión hará que estemos, siempre, cada vez mucho peor.