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Artículo publicado en Miguel Espinaco – cosas para leer

POR MIGUELESPINACO@GMAIL.COM

En mayo de 2020 publiqué esta nota en la que comparaba el efecto de la gripe estacional y las perspectivas del Covid. Y digo las perspectivas, porque por esos días Argentina había sufrido apenas 403 muertes, mucho menos que la cifra anual de muertos por gripe que rondaba las 3.000.  Ya sin embargo las estadísticas mundiales mostraban que el Covid no era por cierto la guerra mundial que tantos anunciaban (en la segunda, por ejemplo, morían 25.000 personas por día), pero que tampoco era una simple gripecita como decían algunos, entre ellos el presidente brasileño Bolsonaro. Después, más de cien mil muertos en el país y cinco millones y medio en el mundo, venían a mostrar que este análisis no estaba tan errado. 

Desde esos tiempos que ahora parecen lejanos, pasaron estadísticas de contagiados y de muertos, cuarentenas, versiones delirantes sobre las formas de contagio, olas y más olas, vacunas y peleas, variantes primero con nombres de países y después de letras griegas,  miserias capitalistas mostradas al desnudo con empresas y países compitiendo por mercados al ritmo del miedo, gobiernos jugando a la prueba y al error, tratando de caer bien parados en medio de las crisis de negocios que traía la pandemia, pasaron todas esas cosas y por cierto noticias, noticias y más noticias que se fueron rápidamente desactualizando.

Hoy –para que quede constancia– estoy escribiendo esto, en los tiempos de ómicron.

Calculadora en mano

“En Sudáfrica, donde la variante ómicron protagoniza por completo su última ola, los datos muestran un desacompasamiento entre la curva de casos y la de fallecidos inédito hasta ahora” escribe en una reciente nota el médico españo Juan Simó. En Argentina –donde la ómicron impone ya sus condiciones –la sincronía entre las dos curvas también parece rota.

Un par de números dejan esto bien claro: computando una media de siete días teníamos en Junio de 2021 – en el pico de lo que acá se llamó segunda ola – unos 30.000 casos y unos 600 muertos diarios.  Hoy tenemos unos 60.000 casos – o sea el doble y creciendo rápidamente porque los últimos días apuntaron más de 100.000 – y 33 muertos diarios.  Fijate que si proyectáramos linealmente la cantidad de muertos, hoy tendríamos que andar por los 1.300 muertos diarios, pero estamos en 33.  La pregunta es: ¿la razón es la vacuna o es la ómicron?

Es bastante complicado encontrar datos precisos sobre cómo se distribuyen los muertos actuales entre vacunados y no vacunados. Sobre Argentina encontré una nota de Infobae con una muestra muy chiquita de internados en Provincia de Buenos Aires, proporción que con algunas dudas se podrían proyectar al impacto en las muertes. Sobre datos en el mundo está esta nota de la BBC que tiene variada información.

De todos estos números bastante parciales en ambas acepciones de la palabra, se puede inferir –si hice bien las cuentitas correspondientes que explico en la “notita al pie”– que en Argentina si no fuera por las vacunas estarían muriendo por día unos 100 pacientes, o sea bastante más de los que efectivamente mueren, pero muy lejos todavía de los 1.300 que resultarían concordantes con la segunda ola.

Y hay que considerar que ese número de 1.300 muertos diarios que surge de transpolar la muertes diarias de la segunda ola a los casos diarios actuales se queda seguramente corto, primero porque los casos siguen subiendo y segundo porque sólo serviría si tuviéramos el mismo nivel de detección de casos positivos que durante la segunda ola y es casi seguro que no, que hoy detectamos muchos menos casos, que hay por ejemplo gran cantidad de asintomáticos contagiando porque los síntomas son muy débiles o inexistentes y entonces ni se dan cuenta.

O sea de que más allá de que las vacunas puedan haber limitado la cantidad de internaciones y muertes y más allá de que los gobernantes –y los laboratorios– intenten convencernos de que todo el crédito hay que dárselo a las vacunas, lo que muestran los números es que la variante ómicron es la gran responsable de que haya menos muertes, lo que muestran los números es que ómicron sí parece estar por cierto, mucho más cerca de ser una gripecita.

¿Tiene sentido seguir haciendo test a mansalva?

Las colas para hacerse test son larguísimas, son un sufrimiento en medio del calor que cruza al país para quienes van a testearse, pero son también un stress innecesario para el sistema de salud porque van a testearse los que tienen fuertes síntomas, los que tienen un resfrío más o menos declarado, los que temen haber sido contacto estrecho de algún positivo, todos, absolutamente todos se “hisopan”, y hay tanta demanda ansiosa e insatisfecha que ahora hasta apareció el negocio del test privado que podés comprar acá nomás, en la farmacia de tu barrio.

¿Pero para qué sirve todo esto? A más de que para los noticieros hagan su videograph amarillista de cada día con números cada vez más aterradores no parece servir para nada, el nivel de detección debe ser bajísimo si uno observa el nivel de positividad que es demasiado alto, lo que muestra que no se está testeando a tantos como para obtener una cifra confiable, pero de cualquier modo ¿para qué serviría testear a más? ¿Serviría para que el número sea más grande todavía e impresione más?  Detectar a todos para intentar parar la ola habiendo tantos asintomáticos –posiblemente muchos vacunados contagiados– parece un imposible.

Entonces, lo que tiene sentido es atender a los que tienen síntomas más o menos graves y utilizar los hisopados solo en la medida de su necesidad para el diagnóstico, y entonces dedicar el sistema sanitario a los casos que lo ameritan y no para actualizar diariamente una estadística que no parece tener otro sentido que el de mantener el estado de zozobra social (¿para empujar a la vacunación a los que todavía no lo hicieron? ¿Para justificar el “pase sanitario”, una idea verdaderamente horrible?).

Obviamente hay otras formas de obtener una información confiable sobre qué es lo que está pasando, una lectura más clara de la situación epidemiológica: ¿no sería mejor, por ejemplo, hacer una encuesta como las que se hacen antes de las elecciones pero esta con hisopado incluido? ¿No convendría armar un cuestionario –vacunado o no, tuvo o no tuvo Covid, tiene algún síntoma compatible– y analizar un par de miles de casos segmentados por edad, sexo, clase social, como se hace en cualquier encuesta más o menos seria?

Con esas respuestas y con un test –que dará positivo o negativo y que si es positivo dirá para qué cepa– se podría armar una foto, un mapa epidemiológico mucho más confiable que sirva para tomar mejores decisiones.


Nota al pie: me basé para redondear en que habría tres veces la cantidad de muertos si no hubiera vacunas, en los datos de las notas adjuntas utilizados de la siguiente forma

En el caso de Nueva York se ve en el gráfico que mueren 0,4 personas vacunadas por cada cien mil y 4,5 no vacunadas con la misma base y sabemos que hay aproximadamente un 70% de vacunados con las dosis completas.  O sea, cada 100.000 personas hay 70.000 vacunadas que producen 0,28 muertes (el 70% de 0.4) y 30.000 no vacunadas que producen 1,35 muertes (el 30% de 4.5), lo que hace un total de 1,63 muertes.  Si todos estuvieran sin vacunar, los 100.000 producirían 4,5 muertes, que es la proporción para los no vacunados.  De dividir 4,5 y 1,63 se obtiene que sin vacunas, habría 2,76 veces más muertos que los que hay.

En el caso de la Provincia de Buenos Aires (que cuenta internaciones y no muertes, pero que tomo con las licencias del caso), 4.000.000 de no vacunados producen 184 internaciones y 12.600.000 vacunados 40.  Si los 16.600.000 estuvieran sin vacunar, la proporción daría 763 internaciones y fracción, lo cual es más o menos 3,41 veces la cantidad de internaciones (que hemos correspondido un poco forzadamente a muertes)

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