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La decisión del gobernador Axel Kiciloff precipitando el abrupto retorno a la presencialidad escolar –la misma que días antes rechazaba por completo acusando a Rodríguez Larreta de irresponsable— puso al desnudo que en el peronismo –cuando sus líderes huelen que pueden perder poder– el pragmatismo termina siempre por imponerse aunque eso se haga a costa de falsificar números y manipular coeficientes modificando por completo el discurso que se sostenía 24 horas antes. Al fin, los únicos números que pesan entre los políticos oficialistas u “opositores” –cuando ya hay casi 90.000 muertos atribuidos al Covid— son los de las encuestas y la única preocupación firme es engañar a los electores con promesas. Así también cuentan las famosas “20 millones” de vacunas de la ministra de Salud que “lloverán” quién sabe cuándo… El texto siguiente comenta –en forma más desarrollada que la nota publicada en Clarín el pasado 11 de junio— que el manejo de las cifras no es nuevo y que es casi un hábito—cruel, casi siempre– a lo largo de la historia argentina.


Especial para “Borrador Definitivo” de Ricardo de Titto (Docente e historiador)

Para los argentinos parece un defecto congénito hacer mal las cuentas. Empieza con datos erróneos en los mismos relatos sobre el 11 de junio de 1580. Cientos de libros han repetido que los fundadores de Buenos Aires guiados por Juan de Garay fueron 65 destacando que, entre ellos había una sola mujer, la muy destacada Ana Díaz, llamada “la Adelantada”. Pero los fundadores enlistados sólo contemplan a los “vecinos” que recibieron parcelas, no se cuentan sus esposas e hijos y menos aún se recoge el nombre los “mancebos de la tierra”, unos doscientos indígenas guaraníes y mestizos asunceños que por río y por tierra hicieron posible que Garay y su gente “bajaran” al estuario para “abrir las puertas de la tierra” instalando un puerto.

Representación pictórica de la Segunda Buenos Aires.

Malas cuentas se hacen también cuando se habla –ya en el terreno económico—de las rentas de ese mismo puerto de la Santísima Trinidad. La existencia a ojos vista de un amplio comercio ilegal durante los siglos XVII y XVIII impide tener datos ciertos sobre la magnitud del contrabando respecto del comercio exterior. Los historiadores han podido aproximar algunos números pero no son sino estimaciones. Entre esos asientos no realizados no sólo figuran las mercaderías de “frutos de la tierra” –metales preciosos, productos agrícolas como la yerba, cueros– sino también el muy numeroso de esclavos introducidos muchos de ellos de modo clandestino. Los números de “negros” importados en esa condición y luego enviados hacia distintas geografías es esquivo de reconstruir. Y también lo es el de aborígenes vivientes en el actual territorio más allá de las listas de encomendados, y algunos censos parciales siempre relativos, como los más escrupulosos números de las misiones jesuíticas. Nuestros datos al respecto son escasos pero… ¿qué importaban los “indios” si al fin una buena parte de ellos no se integrarían a la vida colonial prefiriendo refugiarse “tierra adentro” y muchos de los acriollados o avecinados vivían una vida en penumbras y en la marginalidad adoptando por fuerzas el apellido de sus dueños? Ni siquiera prestó atención al detalle el escrupuloso presidente Sarmiento en el primer Censo Nacional de 1869: los pobladores situados tras la frontera –en la Pampa, la Patagonia y el Chaco—no fueron censados.

Veamos las presencias el 25 en la Plaza de la Victoria –la actual Plaza de Mayo– y el petitorio que French y Beruti presentaron con los nombres elegidos para la Primera Junta, cuyas firmas rubrican “a nombre de 600”, una cifra que, desde ya, está realizada “a ojo de buen cubero, como se dice habitualmente (de buen cartero como era French razón por la cual tenía vínculo con tanta gente de los arrabales) y que encierra, a todas luces, un poder intimidante: “tenemos 600 atrás”. Y ya que estamos en esa jornada ilustre apuntemos que se dice sin fundamento que aquel 25 lluvioso había “poca gente” en la Plaza. Grave error: en términos relativos a la población de Buenos Aires… hubo más que el 17 de octubre de 1945.

Muertos en combate. Otro rubro cuya deficiencia es notable. Ni en la guerra de la independencia ni durante los casi cuarenta años de guerra civil hay datos precisos y confiables para tener una clara perspectiva histórica de esas luchas tremendas. Si bien los partes de batalla permiten precisar en cada enfrentamiento los caídos, heridos y apresados… ¿qué hay de la trastienda de esas luchas?, ¿cuántos quedaron mutilados?, ¿y los que regresaron heridos o enfermos… qué fue de ellos? ¿Y en sus familias, qué otro tanto sucedió? Es indudable que ese número tiene importancia decisiva y, sin embargo, pocas veces se le presta atención. Las retaguardias de los enfrentamientos parecen no contar. Podemos sumar combate por combate que el enfrentamiento entre federales y unitarios cobró la vida de cerca de 40.000 “argentinos y orientales” –sin contar las bajas de la Guerra Grande uruguaya–, la mayoría de ellos criollos, pero también brigadistas internacionales como las huestes de Garibaldi en aguas de la cuenca del Plata. ¿Y cuantos cientos o miles cayeron en la frontera, entre ambos bandos, los “salvajes” y los “civilizados”? Es casi imposible de determinar.

Organizando el país de modo constitucional –y al principio dividido–, cuatro durísimos enfrentamientos se repitieron en cada sucesión presidencial: Caseros, Cepeda, Pavón, La Verde y Olivera y Puente Alsina entre ellos, entre 1852 y 1880. La suma de caídos da más de 5.000 muertos; por lo menos el doble de heridos y unos 15.000 prisioneros con incontables “dispersos”.

La referencia a Sarmiento nos remite a sus detalladísimos informes anuales a las cámaras detallando casi exageradamente desde la cantidad de telegramas emitidos hasta los kilómetros de crecimiento de los “caminos de hierro”. Sin embargo, y a propósito de la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en el otoño-invierno de 1871, sucedió que el libro de quien recabó detalladamente los informes día por día, por algún a razón, fue publicado años después pero prácticamente será ignorado a pesar de su puntilloso relato. La “fobia” hacia las precisiones provocó que fuera un estudio prácticamente olvidado hasta no hace mucho. Y en recientes notas se han afirmado al respecto números de muertos absolutamente incorrectos y desproporcionados como afirmar que murió uno de cada tres habitantes. Ya tenemos bastante con la cruda realidad…

El tema de los pueblos originarios también ofrece números casi antojadizos y, a juzgar por los partes de guerra del ejército, de varias décadas, la población aborigen de la pampa no excedía las 25 o 30.000 personas. Pero la cuenta no solo incluye a los indios “de lanza”, capitanejos y cacique asesinados o muertos en combate, sino que ese verdadero etnocidio se preocupó por romper las familias y “los toldos” que agrupaban a los pueblos de la pampa y la Patagonia para que la cultura desapareciera. Quienes no fueron muertos –muchos por enfermedades como la viruela–, fueron expatriados, presos o convertidos en servidumbre forzada o destinados a la esclavitud sexual. El etnocidio se concretó, no solo con los asesinatos sino, y sobre todo, rompiendo los lazos sociales de esas culturas y arrebatándoles las tierras en las que vivían.

La insensata Guerra desplegada en el Paraguay no solo dejó a 30.000 “argentinos” en los campos de batalla. Miles de otros –sobre todo de las provincias “federales” del Interior– se negaron a enrolarse pasando a la situación de desertores, y, además, miles de familias “sostuvieron” económicamente a los movilizados. Todo ello sin incluir a los propios paraguayos exterminados –en particular los varones mayores de doce años–, un costo que el país hermano pagó durante decenas de años y que influyó claramente en el destino social de las provincias fronterizas y toda la región.

Escena de la Guerra de la Triple Infamia, contra el Paraguay.

Ya en el siglo XX varias importantes movilizaciones populares como la Semana Trágica, la llamada “Patagonia rebelde” y sus fosas comunes, el fallido intento golpe de estado del 16 de junio de 1955 y el mismo Cordobazo –todos con luctuosos resultados–, fueron sumidos en las sombras. En esa misma oscuridad de la noche que signará luego el accionar clandestino del terrorismo de estado y las bandas parapoliciales causando un número realmente indeterminado de víctimas directas e indirectas en todos los casos anteriores se enterraron muertos sin anotarlos. En enero de 1919 la prensa aceptó en su momento el número de 700 fallecidos en diversos episodios pero sin poder hacer listas: muchos eran solitarios inmigrantes sin familia. Los hechos silenciados de la Patagonia recién fueron en parte esclarecidos cinco décadas después; lo mismo con la casi simultánea incursión a los indios Pilagá en el Chaco de la que poco se sabe en concreto. Algo parecido sucede con las represión en los quebrachales del Chaco de principios de la década del 20. ¿Y los “efectos secundarios”? Los encarcelados y deportados… ¿cuántos miles fueron? Nadie lo sabe con certeza, aunque entre mutilados, encarcelados y deportados la “reprimenda” a la lucha social alcanzó sin exagerar a los 40.000 trabajadores, sobre todo en la Capital, pero también en Rosario, Córdoba, Santiago, Mendoza y Tucumán, además de Santa Cruz, Montevideo y Punta Arenas.

 Sobre mayo del 69 –que iniciará un período de violencia inédito en el país—las muertes oficiales apuntan solo a doce personas muertas en las calles pero historiadores de probada seriedad como L. A. Romero sospechan que la cifra más aproximada es la de setenta. Sobre el trágico e inédito bombardeo del 16 de junio sobre población civil –aunque Perón luego prometiera el famosos “5 x 1”– el mismo gobierno optó por ocultar los datos “para enfriar la cancha”.

La década del 70 nos depara una violencia institucional y social que, también, es numéricamente imprecisa. Los datos de la Conadep, los registros de diversas organizaciones de derechos humanos o informes diplomáticos, los reclamos de familiares de militares muertos o heridos –y no contabilizados, por lo general—y el reclamo bajo la consigna de los 30.000 detenidos-desaparecidos y los 500 niños secuestrados ocultan que el mal ocasionado por la dictadura fue mucho mayor que eso: miles y miles de familiares, compañeros y amigos que vivieron en la tortura del no saber, miles y miles de exiliados, millones que se acogieron al beneficio de la autocensura, millones de niños y adolescentes educados en el miedo, el silencio y la aceptación obligada a normas y currículas dictatoriales son marcas y huellas de una magnitud que aún señala a varias generaciones de argentinos.

Fosa común con víctimas del terrorismo de estado argentino en los ’70.

Es sabido, luego, que la Guerra de Malvinas causó, en nuestro bando, 650 muertos y exactamente 11.313 prisioneros de guerra. Los combatientes regresaron y otra vez fueron impuestos bajo el código de silencio. Los suicidados por efecto del estrés postraumático se calculan en más de 400 mientras las cifras oficiales de las fuerzas acusan menos de 60. Además, otros miles… han padecido una vida de penurias, desencanto y marginación y ¿cuántos miles de parientes y amigos acompañaron sufriendo esa estela?

Otro enigma numérico es consecuencia de los criterios adoptados, las conveniencias políticas o una mezcla de ambas. En un principio solo se consideraba ex combatientes a quienes hubieran estado físicamente en las islas o en choques dentro del teatro de operaciones. Ese número inicial adolecía de un gran defecto: dejaba fuera a quienes fueron atacados a bordo del General Belgrano, porque el episodio se produjo fuera de la zona de exclusión. Ante las quejas se cambió el criterio lo que permitió sumar también a decenas sino cientos de marinos que actuaron “aguas afuera” y algunos miembros de la fuerza aérea pero deslindó a quienes actuaron desde el continente. La cifra de involucrados en cualquier guerra, como se ve, también tiene horizontes variables.

Por último, la rebelión popular de diciembre de 2001 que concluyó con la renuncia del presidente De la Rúa es otro episodio en el que más de cien muertos en diversos lugares del país han quedado olvidados en el silencio. Los asesinatos impunes –como los de Teresa Rodríguez, Kosteki, Santillán y Fuentealba—y los caídos por imperio del “gatillo fácil” suman otras varias decenas.

Pero si todos estos acontecimientos son ya de por sí de extrema gravedad, el tema más difícil de asumir en sus repercusiones casi insondables es el de la salud pública. Se menciona siempre la fiebre amarilla que atacó Buenos Aires en 1871; sin embargo, el libro de Mardoqueo Navarro, quien más escrupulosamente anotó las muertes diarias, que –ya lo apuntamos– quedó en el olvido. Señalemos entonces que allí se contabilizaron cerca de 14.000 fallecidos por la peste, sobre un total anual de 20.748. En 1867 y 1868, sendas epidemias de cólera se habían cobrado la vida de otros 14.500 porteños, cuando el promedio anual de fallecimientos en la ciudad fluctuaba entre 4.500 y 5.000. Además, durante el verano de 1867-1868, murieron en Córdoba cerca de 6.000 personas por el cólera una devastación de tales dimensiones que no tendría parangón sino con el gravísimo terremoto de Mendoza de 1861: se contaron más de 5.200 muertos sobre una población de 12.000 habitantes. Similar impacto tuvo el de 1944 en San Juan que cobrará más de diez mil vidas –tal vez quince mil– y destruyó la ciudad casi por completo. Cientos de niños sanjuaninos que quedaron desvalidos fueron dados en adopción lejos de su tierra natal en un operativo que tampoco se caracterizó por la puntillosidad sino que, incluso, terminó digitado –atención, obras y asignación de fondos– por el oportunismo político: se comprobaron y denunciaron entonces manipulaciones y ocultamientos que, en los hechos, impiden hasta el día de hoy reconstruir la verdad.

Epidemia de Cólera en Mendoza, año 1886.

Los embates de pestes o enfermedades infecciosas o endémicas como el cólera, la tuberculosis, el Mal de Chagas, o el más reciente dengue –sobre todo en el Interior–, y las muertes en alta mar por escorbuto, como los miles de aborígenes diezmandos por la viruela suman otras cifras imposibles de precisar. Y, más cercanas en el tiempo, la poliomielitis de fines de los 50, la fiebre hemorrágica, el VIH –que, al principio, gozaba de pésima consideración social y “condenaba” a los enfermos– y la actual pandemia. Hoy ya estamos en la pavorosa cifra de 90.000 occisos por, con o atribuidos al covid-19. Pero… ¿cuántos cientos de miles pasaron o pasan ahora por serias terapias de recuperación? ¿cuántos cientos de miles sufren secuelas graves? ¿Cuántos otros sufren de extremos problemas psíquicos –los trastornos emocionales son evidentes para quien quiera detectarlos– u otros trastornos orgánicos no atendidos y agravados? Un jubilado asociado al PAMI en CABA, diagnosticado de hipoacusia, no puede realizarse una audiometría: debe vivir escuchando mal y si tiene preexistencias pulmonares demorará mínimo 45 días en lograr unas simples placas de tórax. Y, otra vez, ¿en qué cuentas se incluyen los trastornos y las heridas que quedan en la población que vive las muertes de cerca y en los arrojados trabajadores de la salud que laboran en condiciones extremas y con pésimos salarios? ¿y la simple reclusión de la gente en sus hogares acepta convertirse en, las respuestas a las prohibiciones –a veces, antojadizas y sencillamente prepotentes–?

He sido extenso porque la gravedad de las huellas de esta pandemia serán de dimensión histórica. Varias generaciones sufrirán las consecuencias de este virus. Pero entender el carácter real del problema es la única forma de actuar en consecuencia. Las autoridades actuales de distinto orden y los diversos dirigentes políticos parecen más preocupados en cuestiones muy menores, como el de “contar” los votos que les asignan las encuestas para fin de año y las alianzas que tramarán para sostenerse en el poder. Hay quien mira las cosas con perspectiva estratégica y quien no llega más lejos que la punta de sus pies.

Y, por supuesto, el oficio de mentir es también propio de quienes ejercen la oposición “oficial” a un gobierno y, por eso. Tampoco es aceptable que “la derecha” –como llaman al frente del PRO, la UCR y la Coalición Cívica los simpatizantes kirchneristas– lance debates irresponsables con base a meros cálculos electorales. Hacen recordar a uno de los libros más groseros de nuestra historia política, las Tablas de Sangre de José Rivera Indarte un texto difamatorio contra Rosas escrito en Montevideo que, para hacer propaganda en Europa y ganar el favor anglofrancés, atribuyó a Rosas 487 muertes,​ una cifra falsa que incluía muchas muertes en las que no había responsabilidad del Restaurador, así como fallecidos por causas naturales, muchos desconocidos bajo las iniciales NN, otros presumiblemente inventados y hasta personas que años más tarde seguían vivos, acusándolo también de ser el responsable de la muerte de 22 560 personas durante todas las batallas y combates habidos en Argentina desde 1829 en adelante. Rosas fue un dictador pero la guerra civil fue una lucha política entre dos bandos políticos y él encabezó –y solo en parte– uno de ellos.Como corolario de esa nómina de asesinatos, quien condenaba la violencia se permitió agregar un opúsculo titulado “Es acción santa matar a Rosas”, un verdadero contrasentido para restituir al Río de la Plata su perdida ventura y librar a la América y a la humanidad en general del grande escándalo que le deshonra”. ​

Sé que no digo nada nuevo pero es bueno reafirmarlo ahora: la visión de estos fenómenos que ponen en juego la vida la muerte y la salud de cientos, miles o millones de personas deben ser necesariamente holísiticas –incluyendo la destrucción de productos materiales, los efectos no deseados, y sobre todo fuerzas productivas destruidas o lesionadas con el ambiente entre ellas– a riesgo de minimizarlas. Manejar datos y estadísticas con ligereza o deliberada manipulación –en más o en menos, según el caso– es, tal vez, la primera demostración de la irresponsabilidad de las autoridades.

Hablar por hablar es muy peligroso. “Toda analogía cojea” dice un dicho, pero la expresión se multiplica cuando se intentan comparaciones difíciles como el precio de cortes de carne distintos en países distintos con monedas diferentes. Pero –hablando de carnes—peor es que el presidente de un país tradicional exportador de carnes no tenga la más cercana idea de cuántas cabezas de ganado tiene el país que gobierna. Digamos –solo para poner en contexto—que en aquel añorado país de los frigoríficos de hace un siglo las cabezas de vacunos duplicaban a las de seres humanos. ¿Cómo se alimentaría a millones de personas en el mundo –según un remanido apotegma reciente–, con solo tres millones de cabezas que, además, necesitan reproducirse a su lento ritmo? Sería bueno aconsejar al señor Alberto Fernández mayor prudencia con la palabra: para gobernar el que fuera el “granero del mundo” hay que tener buenos datos y no decir cualquier cosa. El gran estanciero de ovejas patagónicas José Menéndez, de viaje por el mundo, fue una vez preguntado sobre cuántas cabezas tenía. Sacó su libretita del bolsillo, miró y contestó: “En este momento xx millones…” en efecto, sabía perfectamente, cada día, cuantos nacimientos y muertes habría en promedio. Y así hizo una fortuna envidiada hasta por el rey de España: con estadísticas serias y cuidando sus rebaños. Los capitalistas serios se basan en estadísticas serias; los chantas y charlatanes, en cambio, exhiben su falta de estatura mintiendo en forma descarada o diciendo lo primero que les viene en mente.

Con la pandemia… ¡todos involucrados!

En el año II de la pandemia y luego de los espantosos tropezones y fallidos dados de la mano de algunos iluminados que aventuraron hipótesis sin sustento y fracasaron por completo, las cifras que hemos puesto en juego nos arriman a una conclusión. Tal vez sea esta la primera vez que una situación excepcional a afectado a todos los pobladores de la Argentina y esta vez sí, sin hacer casi distinción de clase, color de la tez, o religión, como nos gusta decir para referirnos a nuestro sempiterno y engañoso enunciado de constituir una república “crisol de razas”, aunque, eso sí, sin negros ni indios sino con gente blanca y europea que “bajó de los barcos”. La capacidad de fabular del presidente no tiene límites… Sin embargo, y a pesar suyo, solo con la verdad habrá reparaciones históricas y solo con la verdad habrá posibilidad de perspectivas claras. Los mensajes actuales solo enturbian el horizonte.

Se podrá aducir que el problema es mundial… todavía hoy los herederos –tercera o cuarta generación– de la guerra civil española, los campos de concentración nazis o de los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki “viven” intensamente aquellos horrores, como los vietnamitas la suya y los palestinos desde hace ocho décadas sin solución de continuidad. Pero, ya que repetimos sin mucho asidero que este es un país generoso, podemos –como no—empezar por casa y exigir que las cuentas cierren de una vez por todas.

Casos de Covid cada 100 mil habitantes de los últimos 14 días, al 24/06/’21 (La Nación).

Sobre todo porque los números de los que estamos hablando ahora son “humanos”, no meras estadísticas. O, dicho de otro modo, las estadísticas –que fríamente calculan los especialistas, por ejemplo del INDEC—tratan de personas. Las falsificaciones conscientes realizadas en los años de Moreno enviaron gente de la marginalidad en la vida real a su desaparición en el mundo de la política. Repitiendo al Videla de 1979, esa gestión podría haber dicho “sencillamente no existen, no tienen entidad”. Recordemos aquella frase ignominiosa: “»Le diré que frente al desaparecido en tanto éste como tal, es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo…está desaparecido». ¿Cuántos “desparecidos” de las más variada índole recoge y suma la historia política argentina? Parece una ironía pero… incontables.

La comunicación confiable genera certezas y los ciudadanos que deben hacer sacrificios los harán con un horizonte claro. Aunque, claro, hablar de testeos y no hacerlos y prometer millones de épicas vacunas que no “llueven” genera escepticismo y desconfianza, los dos peores problemas para garantizar la autoridad: las promesas incumplidas desgastan, rompen el “pacto” básico entre gobernantes y gobernados. El cuento del lobo, como se sabe, termina siempre mal. Y en esta jugada en la que estamos, como bien señaló el doctor Roberto Debbag “todo depende del estado”. De allí que valga repetir: ¿de qué se está hablando cuando se confirma que uno de cada tres niños en el país no se alimenta con lo mínimo imprescindible para su desarrollo normal? Sí, se habla de niños “condenados” a un futuro terrible que no es exactamente ese “futuro exitoso” al que suele referirse alegremente el ex gobernador y ex presidente Duhalde.

Y volviendo, como comenzamos, al actual gobernador bonaerense, digamos que no ha hecho sino retomar la huella de su predecesor y actual embajador en Brasil y amigo de Jair Bolsonaro Daniel Scioli quien, ante las inundaciones en La Plata intentó colocar en el límite de 52 el número de muertos por la inundación, porque 52 eran los muertos que pesaban sobre el cuerpo de Cristina Fernández en el “accidente” ferroviario de Plaza Once. La movilización popular obligó a la justicia a investigar y los involucrados lograron demostrar –allanando hasta la morgue–, 89 personas fallecidas en forma probada y quince más presuntos, aunque las fuentes de los familiares de la zona afirman que fueron más de 300, incluyendo tres casos de entorno cercano a este redactor, de muertes posteriores por neumonías adquiridas, que no fueron contabilizadas en ninguna planilla relacionada con el caso.

Conclusión. Como en el colegio y como en la vida misma, en la historia, la lengua y la matemática se dan la mano: para saber “contar” y hay que saber contar… o el “cuentito” se convierte en fábula.

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